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Psicobiología de la cooperación y de la moralidad humanas

abril 15 @ 10:30 am - 1:30 pm

Dr. Fernando Colmenares

Catedrático Psicobiología de la UCM

Grupo UCM de Psicobiología Social, Evolutiva y Comparada

Departamento de Psicobiología y Metodología de las Ciencias del Comportamiento

Facultad de Psicología, Universidad Complutense de Madrid

Muchas especies animales, desde los microbios ‘sociales’ hasta las ballenas, desde los insectos eusociales hasta los grandes simios y la especie humana, han desarrollado en el curso de la evolución una estrategia adaptativa al menos funcionalmente similar para maximizar su éxito biológico: la socialidad. Ésta puede concebirse como la condición o estado (facultativo u obligado) de los individuos de estas especies de vivir agregados, ‘ensamblados’ en grupos sociales cuyos patrones de organización pueden ser altamente diversos en función de multitud de variables como, por ejemplo, el tamaño de los grupos, la estabilidad de su composición, la complejidad de las relaciones y de las redes sociales entre sus miembros y la naturaleza de los mecanismos conductuales, psicológicos y neurales que los sustentan. La especie humana ha sido calificada de ultrasocial debido al carácter hipertrofiado de su socialidad, única en comparación con la que se observa en las otras especies animales. En efecto, la escala que alcanzan la socialidad y su principal sustento, la prosocialidad, en nuestra especie no tienen parangón en el Reino Animal, ya que ocurren entre grupos constituidos por millones de individuos, que no están emparentados entre sí y que son en su gran mayoría desconocidos y anónimos. Y una de sus consecuencias de mayor calado es el éxito evolutivo de nuestra especie, la única que ha sido capaz de ocupar y explotar todos los nichos del planeta.

Algunos de los pilares que hacen posible la ultrasocialidad característica de nuestra especie son: (1) la naturaleza de los vínculos o “enlaces” que conectan, que ensamblan, a los individuos dentro de los grupos (se trata, pues, de una socialidad basada en vínculos); (2) la magnitud y diversidad de conductas prosociales que sustentan dichos vínculos; (3) el carácter normativo del comportamiento y organización de los grupos y de las relaciones sociales entre sus miembros; (4) la propensión tan marcada de los individuos a seguir la norma y, finalmente, (5) la igualmente sobresaliente tendencia a castigar las transgresiones de la norma. La (ultra)socialidad humana se apoya en vínculos sociales y emocionales que ensamblan y conectan a los individuos y activan los comportamientos que los retroalimentan. Si la socialidad, es decir, la vida en grupo, constituye una solución adaptativa, lo esperable es que la evolución haya dotado a los individuos de las especies sociales de mecanismos conductuales, psicológicos y neurobiológicos capaces de mantener su cohesión incluso bajo condiciones adversas. Y la cohesión de los grupos se quiebra o debilita sustancialmente cuando los individuos no cultivan y cuidan adecuadamente sus vínculos. Por ejemplo, los grupos tienden a fragmentarse y los vínculos interindividuales a  diluirse cuando sus miembros no intercambian conductas socio-positivas (o amistosas) con la debida frecuencia, cuando no reparan activamente las consecuencias potencialmente disruptivas de los conflictos de intereses que surgen inevitablemente en el contexto de la socialidad, y cuando no se comportan de forma prosocial.

En comparación con los primates no humanos (y otras especies) en las que la principal (si no exclusiva) forma de mantenimiento de los vínculos sociales es a través del contacto físico (especialmente vía el ‘acicalamiento’ social o ‘grooming’) que ocurre en interacciones “uno-con-uno”, en nuestra especie existe una gran diversidad de alternativas con formatos de interacción de tipo “uno-con-muchos” y “muchos-con-muchos”, además de conservar, por supuesto, el formato básico ancestral y notablemente limitado característico de los otros animales. Sin duda, la evolución del lenguaje en la especie humana amplió de forma drástica el menú de comportamientos alternativos disponibles para gestionar los vínculos sociales entre los individuos y, lo que es mucho más crítico, hizo posible la socialidad hipertrofiada de nuestra especie. Investigaciones previas han documentado la existencia de un buen número de comportamientos típicamente, si no únicamente, humanos que contribuyen a ‘cimentar” y ‘lubricar’ los vínculos que se precisan para mantener en buen estado la cohesión de grupos cuyo tamaño es varios órdenes superior al que sería posible alcanzar con el formato básico ‘uno-con-uno’ de los otros animales. Entre estos comportamientos destacan el humor y la risa; el cotilleo (‘gossip’), es decir, hablar de otros que no están presentes o al menos no están participando en el grupo de conversación; los rituales; y el baile, la música y el canto. La contribución de cualquiera de estas actividades sociales al reforzamiento de los vínculos sociales entre sus participantes está mediada por sus efectos sobre el estado de ánimo y las emociones y sobre la actividad de sistemas neurobiológicos relacionados con la analgesia y la recompensa.

La prosocialidad, definida como la tendencia a exhibir comportamientos dirigidos a beneficiar a otros en un contexto social, se considera uno de los pilares fundamentales que sostienen la socialidad y la untrasocialidad humanas. Sin embargo, hay razones poderosas para anticipar que la conducta prosocial no es la única opción posible, incluso que no es la respuesta predominante esperable en muchas circunstancias. Los biólogos evolutivos y otros científicos de la conducta han dedicado décadas a intentar entender por qué las personas (y los individuos de muchas otras especies) están dispuestos a asumir costes, a veces extremos (p. ej., dar la propia vida), por ayudar a otros. Sin duda este es el ejemplo más extremo de conducta prosocial (altruismo), pero hay muchos otros igualmente paradójicos en los que un individuo actúa en beneficio de otro, cuando maximizar el logro de sus intereses personales le resultaría mucho más rentable, al menos en lo que a la transmisión de sus genes ‘egoístas’ se refiere. Además, la socialidad en general se considera el escenario en el que surge el problema de la acción colectiva, es decir, cuando los miembros de un grupo comparten equitativamente los beneficios, pero no los costes soportados para generarlos. En otras palabras, en este contexto, los individuos pueden intentar consumir recursos y servicios que sólo otros han generado o contribuir mucho menos que sus compañeros (es decir, compartir los beneficios, pero no los costes); a éstos individuos se les conoce como tramposos o polizones (del término inglés ‘free-rider’).

En la especie humana, el problema de la acción colectiva se manifiesta en todos aquellos contextos en los que la actividad individual genera o consume bienes/servicios públicos (‘public goods’), en el sentido de que los beneficiarios potenciales pueden ser cualquiera de los miembros del colectivo, con independencia de cuál sea la relación entre ellos. Por supuesto, este escenario es igualmente aplicable a unidades sociales más elementales, como la familia, los amigos, la pareja, los compañeros, etc. siempre y cuando se cumpla la condición de que el disfrute de los bienes/servicios sea independiente de la contribución individual que haya hecho cada uno de los miembros de la unidad social correspondiente. En los grupos humanos existen normas, basadas en convenciones y códigos legales y morales, que establecen qué conductas cooperativas deben esperarse en cada situación y qué otras suponen una transgresión que podrá ser perseguida y sancionada, en su caso, por el bien del grupo y la defensa de valores como la justicia que protegen a sus miembros. A efectos de clarificar la taxonomía de categorías de comportamiento prosocial habitualmente utilizadas en los estudios realizados en este área conviene señalar la existencia de dos formas de prosocialidad, la ‘positiva’, porque genera beneficios inmediatos sólo sobre el receptor (i.e., el altruismo) o sobre ambos, el actor y el receptor (i.e., la cooperación), y la ‘negativa’, porque paradójicamente genera costes inmediatos sobre ambos, el actor y el receptor.

La prosocialidad negativa ha recibido también el nombre de castigo (‘punishment’); éste se clasifica a su vez en castigo de segundo orden o castigo malévolo (‘spiteful’) y castigo de tercer orden o castigo altruista. En ambos casos se considera “castigo” porque la conducta del actor inflige un coste sobre el receptor, y en el segundo caso el castigo se considera “altruista” porque el actor también sufre un coste y porque hay terceras partes (otros miembros del grupo, en muchos casos anónimos) que se beneficiarán de que las reglas y normas del grupo se defiendan. En muchos contextos naturales y experimentales se observa que la cooperación es frágil porque la transgresión de las normas que la sustentan puede resultar tan rentable (y tan tentadora) para el individuo que intenta maximizar sus intereses personales, como lesiva para los intereses colectivos del resto de sus compañeros. Muchos expertos opinan que el castigo altruista constituye un antídoto potencialmente eficaz para evitar que ésta arruine la cooperación que sostiene la ultrasocialidad humana. Recientemente, sin embargo, algunos expertos han comenzado a cuestionar la solidez de esta creencia de que el castigo altruista haya sido el principal mecanismo responsable de la evolución de la ultrasocialidad de nuestra especie.

Incluso asumiendo que la motivación que impulsa el castigo malévolo sea egoísta, por ejemplo, el deseo de venganza o de revancha y, por tanto, bien diferente del que motiva el castigo altruista, i.e., la sensibilidad a la violación de las normas, lo cierto es que ambas formas de castigo pueden considerarse funcionalmente análogas, puesto que las dos contribuyen a extinguir o al menos mantener bajo control la proliferación de conductas antisociales en el grupo. En ese sentido se pueden considerar parte de una única categoría funcional que podríamos denominar castigo prosocial, porque comprende acciones que corrigen las conductas antisociales de otros miembros del grupo. Varios estudios han documentado la existencia de una tercera categoría de castigo denominada castigo antisocial; se trata de acciones dirigidas precisamente contra individuos hiper-cooperadores que exhiben niveles “anormalmente” elevados de cooperación. Los factores que explican la ocurrencia del castigo antisocial no están claros y los analizados hasta ahora incluyen, entre otros, el deseo de revancha por parte de hipo-cooperadores que han sido previamente castigados (o temen serlo), el peso de las normas cívicas propias de cada grupo, la aversión a la desigualdad, o la tendencia a castigar tanto a los hiper-cooperadores, como a los hipo-cooperadores, que en ambos casos se desvían de la norma.  

La socialidad se interpreta como una respuesta adaptativa que han adoptado muchas especies para resolver más eficientemente los problemas de supervivencia y de reproducción que surgen en escenarios ecológicos en los que la presión predatoria y la competición entre grupos por los recursos vitales son especialmente acusados. La socialidad y el mantenimiento de la cohesión de los grupos, necesarios para disfrutar de los beneficios que conlleva la vida social, exigen el mantenimiento de un delicado y difícil equilibrio entre la competición y la cooperación. Las hipótesis de la inteligencia social y del cerebro social han planteado que las especies sociales han desarrollado capacidades socio-cognitivas y arquitecturas cerebrales más sofisticadas debido a la necesidad de procesar y gestionar más eficazmente los problemas y desafíos planteados específicamente por la vida social. La ultrasocialidad y la prosocialidad hipertrofiada de la especie humana han sido posibles por la evolución de una psicología sofisticada y altamente especializada, con habilidades socio-cognitivas como la empatía, la teoría de la mente o el control inhibitorio (y otras funciones ejecutivas) y la evolución de un mayor tamaño de las áreas cerebrales que las sustentan, como la corteza.

La capacidad de conectar y alinear las emociones tanto positivas como negativas con las de otros miembros del grupo ha sido una de las adaptaciones que sin duda se ha identificado en nuestra especie. Así, muchas de las decisiones sociales que adoptamos resultan eficaces porque somos capaces de tener en cuenta y anticipar las emociones de los demás. En otras palabras, el alineamiento correcto tanto de emociones positivas (‘symhedonia’) como de emociones negativas (empatía) determina que nuestras conductas resulten de valor adaptativo para todos los individuos implicados. Por ejemplo, la empatía nos ayuda a entender y conectar con las emociones negativas de un compañero y nos hace activar conductas que a menudo tienden a aliviar o al menos reducir su ansiedad (y otras emociones negativas). Se puede establecer, por tanto, la existencia de una relación clara entre la prosocialidad y estas dos formas de alineamiento de las emociones. Varios estudios han identificado los procesos neurales que sustentan la empatía y diversas conductas prosociales positivas. La sensibilidad a las emociones de los demás no implica necesariamente que los individuos siempre las alineen. Por ejemplo, las personas en no pocas ocasiones sienten emociones negativas, como la envidia, cuando se comparan con otros que son más afortunados o mejor valorados que ellos. También ocurre con cierta frecuencia que las personas se alegren cuando se enteran de las desgracias ajenas (lo que se conoce como ‘schadenfreude’). En ambos casos se produce una mala alineación entre las emociones de los implicados, negativa/positiva y positiva/negativa, respectivamente.

El objetivo de mi intervención es proporcionar una visión general de este campo de estudio multidisciplinar de la psicobiología de la cooperación y de la moralidad en la especie humana, en la que nuestro grupo está actualmente trabajando. Explicaré algunos de los principales problemas que se abordan en este campo, describiré una selección de los métodos que se utilizan para responder a las preguntas planteadas y, finalmente, proporcionaré un resumen de algunos de los resultados que mejor ilustran la relevancia de los objetivos de estas investigaciones. Durante la sesión, los asistentes tendrán la oportunidad de ‘practicar” algunos de los métodos que se utilizan en este campo de estudio para investigar la psicobiología de la cooperación y de la moralidad.  

Detalles

Fecha:
abril 15
Hora:
10:30 am - 1:30 pm
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